domingo, 4 de noviembre de 2018

FESCIMED; Película (Silencio roto) y coloquio con Quico y Montxo Armendáriz


www.fescimed.com

Coloquio sobre la resistencia armada al franquismo que tendrá lugar el 14 de noviembre a las 21h. en la Cineteca de las Naves del Matadero, sala Azcona, (Plaza de Legazpi nº 8, Madrid).
Tras el coloquio se proyectará la película “Silencio roto”.
En el coloquio participarán Quico, Montxo Armendáriz, director, Puy Oria, productora y varios intérpretes de la película.

https://www.cinetecamadrid.com/programacion/silencio-roto



Articulo de Ramon Garcia Pineiro, respuesta a mi carta abierta al PCE


Entre la amnesia y el flagelo. Elucubraciones en torno a algunos de los episodios más traumáticos de la historia del PCE.


Ramón García Piñeiro
Dr. en Historia Contemporánea por la Universidad de Oviedo

El pasado, como el cartero de James M. Cain, siempre llama a la puerta dos veces. Para darle una nueva vuelta de tuerca al aserto, Francisco Martínez López, un nonagenario militante comunista forjado en la resistencia armada antifranquista de la década de los cuarenta, emplaza al PCE a que «reconozca públicamente los repugnantes métodos que utilizó durante los años de la guerrilla antifranquista y rehabilite a las víctimas de las ejecuciones sumarias impuestas por la dirección del Partido» [1] .

[1].–Francisco Martínez-López (Quico), «Ese pasado que no tiene que caer en el olvido», eldiario.es, 10 de septiembre de 2016, (en línea: http://www.eldiario.es/cv/opinion/Carta-abierta-comunista-direccion-partido_6_556154385.html), (http://memoriacautiva.blogspot.com/2016/09/carta-abierta-de-un-comunista-la.html)


En su conmovedor alegato Quico lamenta el menosprecio del que ha sido objeto cada vez que se ha dirigido al actual secretario general del PCE con la pretensión de que se restaure la dignidad y el buen nombre de dirigentes comunistas como el asturiano Víctor García Estanillo, asesinado entre enero y abril de 1948 en Silleda (Lugo) por su propia organización. Para salir al paso de quienes pretendan desvirtuar su reclamación alegando que es extemporánea, el veterano guerrillero sostiene que en enero de 1952, una vez exiliado en Francia, ya exigió en vano a responsables del PCE cuya identidad no concreta que le fueran aclarados algunos de los hechos ahora denunciados. Tras este requerimiento inicial, admite que guardó silencio porque carecía de pruebas y porque en el marco de la dictadura franquista consideró contraproducente efectuar declaraciones que deslegitimaran la actividad opositora. Sin embargo, no termina de desvelar por qué razón, entre 1977 y la fecha de publicación de Guerrilleros contra Franco, no reclamó que entonaran públicamente la palinodia quienes tomaron las reprobables decisiones que condena, en aquel tiempo todavía al frente del PCE.

En puridad, a otros palos correspondería haber sostenido las velas de la rehabilitación que ahora Quico pretende agitar. Los trágicos episodios que evoca coincidieron con el ascenso de Santiago Carrillo a la cúspide de la pirámide organizativa del PCE, en la que asumió la máxima responsabilidad en la Comisión de Interior. Líster esgrimió un supuesto testimonio de Uribe para sostener que era el encargado de «asegurar las ejecuciones físicas» decididas por el Secretariado. En las distintas versiones de sus memorias, en su correspondencia y en sus manifestaciones públicas, Carrillo siempre rehuyó pronunciarse sobre estas represalias o, cuando fue requerido de forma insoslayable, respondió con evasivas. Sistemáticamente rechazó que las órdenes de asesinato hubieran partido de la dirección exiliada y descargó toda responsabilidad en los dirigentes del interior o en los equipos de pasos. Para proceder con tamaña contundencia, no precisaban de un mandato específico, ya que, según Carrillo, aplicaban una «ley no escrita de la clandestinidad», que les habilitaba para quitar de en medio, sin autorización previa, a quien comprometiera «la seguridad de los militantes clandestinos frente al terror del régimen».

Las precisiones realizadas no deben ser interpretadas como artificios retóricos de mal leguleyo para escamotear la gravedad de las prácticas políticas denunciadas por Quico. Estas tuvieron como escenario a una organización vertiginosamente precipitada desde una posición cimera bajo la República en guerra a un abismo sin salida en la posguerra. En esta etapa de sectarismo y glaciación ideológica, se retroalimentó el repliegue y aislamiento político de la organización, lastrada por un «cordón sanitario», el sinuoso devenir del exilio comunista y el recurrente exterminio de las sucesivas reconstrucciones que se intentaron en el interior. En lo más hondo del precipicio, pese a la contundencia de la derrota, no se vislumbró otra tabla de salvación que remilitarizar y jerarquizar al Partido para prolongar el conflicto armado hasta alcanzar el quimérico objetivo de voltear la correlación de fuerzas. Para ello, durante la década de los cuarenta se estimuló en sus filas un voluntarismo irracional, un discurso dogmático de una realidad impostada y la sacralización hasta el paroxismo de los principios de la disciplina y la obediencia, convertidos en los rasgos distintivos de la nueva cultura militante.

Hasta principios de los cincuenta estuvieron vigentes las coordenadas éticas de los tiempos de guerra, en las que se menosprecia la vida de quien no comulgue con las ruedas del molino, ya sea adversario, ya procede de las propias filas. En el maniqueo contexto de la Guerra Fría, con referencias paradigmáticas en el modus operandi tan aleccionadoras como las purgas estalinistas, y con un telón de fondo recurrentemente salpicado por la sangre de los activistas martirizados en el interior, el principio de la vigilancia revolucionaria y el temor a la infiltración policial franquista, no siempre sin justificación, adquirieron dimensiones rayanos en la paranoia. Planteado el pulso en términos tan drásticos, desde la dirección del PCE no se tuvo reparos en subordinar las circunstancias particulares del militante al interés supremo del Partido, del que se erigieron en sus únicos y legitimados intérpretes, y en disponer de la vida de quienes entorpecieran la consecución de sus objetivos. Fueron tiempos en los que dos principios rectores ocuparon el frontispicio de la organización política: «el Partido se fortalece depurándose» y «es mejor equivocarse con el Partido que acertar contra él».

Fue en esta excepcional coyuntura cuando las divergencias tácticas, las discrepancias políticas o las luchas por el control de la organización se estigmatizaron como ismos heréticos («quiñonismo», «monzonismo», «ladredismo», «hernandismo», «comorerismo» o, por mímesis, «titismo»), cuyos cultivadores primero fueron motejados de ególatras, ambiciosos, arribistas, aventureros, oportunistas, liquidacionistas e, incluso, degenerados, para finalmente ponerlos en el disparadero al insinuar que eran provocadores o chivatos, cuando no convictos confidentes policiales o agentes al servicio del espionaje de Falange, del inglés o del norteamericano. Así se templó el acero y se cargaron las balas que segaron la vida de militantes como Víctor García Estanillo, Pere Canals i Cambrissas, Gabriel León Trilla, Teófilo Fernández Canal, Llibert Estartús Vilas, Enrique Cantos (Alberto Pérez de Ayala) o, en otras circunstancias, Ángeles Agulló de Guillerma y Rosa Padilla Pulido; y así se urdió la trama que favoreció la captura y ulterior ejecución por el aparato represivo franquista de otros reos del mismo delito de soberbia y lesa indisciplina, como Heriberto Quiñones, Baldomero Fernández Ladreda, Mateo Obra, Luis Evaristo González, Manuel Álvarez Arias o Doroteo Ibáñez Alconchel.

A la práctica del tiro en la nuca se recurrió con mayor asiduidad para poner coto a la disidencia, la indisciplina, la deserción o la traición entre los protagonistas de la resistencia armada, donde se observaron con mayor rigidez los códigos de conducta castrense heredados de la Guerra Civil. Se aplicó tan expeditiva medida, en particular, en dos contextos: durante el proceso de formación de las agrupaciones guerrilleras, entre 1944 y 1946, y a partir de 1948, cuando se reasignaron nuevos cometidos a los guerrilleros en virtud del cambio de rumbo acordado por la dirección exiliada. Bajo la acusación de sabotear las actividades de los enviados por el Buró, de boicotear el proceso de remilitarización de las partidas de huidos impuesto por el PCE, de excluir las acciones de tipo político o de optar por conductas etiquetadas de bandoleriles fueron pasados por las armas resistentes armados como Evaristo Cruz, José López, Miguel Cardeñas Lozano, Francisco Corredor Serrano, Francisco Bas Agudo o Peregrín Pérez Galarza. Otros, como Pascual Gimeno Rufino, Juan Ramón Delicado González, Valentín Pérez o Luis Montero Álvarez, fueron condenados a la pena capital por haber salido indemnes, pese a sus antecedentes, de una detención, lo que siempre se interpretó como que se habían puesto a disposición del aparato policial franquista. Resulta aleccionador al respecto evocar cómo fue el preámbulo del interrogatorio al que fue sometido Sebastián Piera Llovera: uno de los torturadores le recordó que estaba en sus manos «hacer que te liquiden los tuyos». Muertes como las de Manuel Díaz del Valle, Redención Querol y su compañero, Miguel Montaner Escalas, que era guía del aparato de pasos, se insertan en el turbio contexto de la ilegalización del PCE en Francia, bajo una siniestra encrucijada en la que confluyen los servicios secretos españoles, franceses y soviéticos.

En su alegato, además de rememorar en términos emotivos algunos de los citados casos y demandar que sean vivificados en nuestra memoria con el honor y la dignidad que se merecen, Quico ilumina este oscuro pasado con un enfoque original, en sintonía con una determinada corriente historiográfica. Frente a la explicación más tópica de estas muertes, ofrece una perspectiva antropológica del conflicto cultural que, a su entender, subyace y contextualiza la pugna saldada con la liquidación de los activistas. Choques de identidades, diversidad de experiencias previas, concepciones de la protesta contradictorias e imaginarios colectivos antagónicos se esgrimen para explicar un conflicto surgido, a su entender, «cuando se nos trataba de imponer con la máxima violencia una cultura militarista totalmente contraria a la cultura de resistencia que nos unía desde 1936 a los campesinos, mineros, vecinos, familiares y amigos que formaban la red de apoyo a nuestro movimiento guerrillero». Más adelante apostilla que los sicarios con sus acciones pretendían erradicar «una cultura de resistencia autóctona con fuerte anclaje social».

Con independencia de que atribuya mayor capacidad explicativa a las variables antropológicas que a las ideológicas, convendría que Quico concretara con mayor precisión qué gestos o actos públicos lleva vanamente esperando de su partido desde hace 64 años. Si se da por satisfecho con una declaración genérica en la que, sin más precisiones, se condenen las ejecuciones o asesinatos «inaceptables» de militantes promovidos por la propia organización en los años de plomo, la Comisión Ejecutiva no debería esperar ni un segundo para atender tan justa demanda y darle la satisfacción que él y los familiares de los inmolados se merecen. Ahora bien, si el acto de contrición y catarsis que se pretende incluye la identificación y rehabilitación de todos los represaliados por la organización comunista, no conviene soslayar que algunas de las víctimas se pusieron al servicio del aparato policial franquista. Situados en aquel sórdido contexto, ¿nos parece reprobable que se recurriera a cualquier procedimiento para contener las dramáticas secuelas de cada redada y preservar la integridad de la militancia? Como ante este interrogante titubean nuestros principios éticos, incluso desde parámetros actuales, cabría acotar que la reparación demandada debería afectar a quienes hubieran sido eliminados en un contexto de depuración política, quedando excluidos los militantes que devinieron en delatores convictos o confesos. Este pertinente y prioritario deslinde no está exento de dificultades, ya que las fuentes de información disponibles no suelen ser concluyentes. Al propósito deliberado de muñidores y sicarios de no dejar rastro de su sevicia a la hora de perpetrar el crimen, se unió con frecuencia el mistificador empeño de revestir la disidencia, la desobediencia o la indisciplina con el ominoso ropaje de la traición.

No se debe descartar que, una vez verbalizado o escenificado públicamente el error cometido con los inmolados, habrá quien no se sienta satisfecho y demande que se desestigmatice también a todos los abnegados camaradas injustamente condenados a una mortificante dammatio memoria por haber exhibido públicamente sus discrepancias, por no sumarse al coro de los aduladores de la dirección de turno, por haber sobrevivido a un campo de exterminio, por rechazar algún cometido, por dar pruebas de debilidad durante un interrogatorio, por incurrir en algún desliz, por abandonar la lucha en el interior y exiliarse o por titubear ante las sagradas certezas que acríticamente debía asumir todo militante. Aunque las medidas adoptadas en estos casos no hubieran sido tan drásticas, la apertura de una vorágine revisionista de esta laya podría derivar en que se exigiera la rehabilitación de los degradados o expulsados, de los condenados al ostracismo, de los confinados en un remoto destino de cualquier país del este o de los enviados a España, «a la base del Partido», para que purgaran frente al enemigo los citados pecados. Puestos a no dejar títere con cabeza, se podría añadir como cargo que, al menos durante los años cuarenta, este castigo implicaba una quimérica misión que, casi siempre, se saldaba con el sacrificio estéril del activista, ya que la mayoría murió en el empeño. ¿Cabría también exigir algún tipo de responsabilidad o algún gesto de reconocimiento por estas muertes?

Ahora bien, el veterano guerrillero no puede ignorar que dirige su demanda a un partido en los antípodas, por praxis política y funcionamiento orgánico, del que perpetró los atropellos que enérgicamente condena. Desde los años cincuenta del siglo pasado en adelante, con sobresaltos y vaivenes, los procesos convergentes de desmilitarización y desestalinización del PCE discurrieron parejos al paulatino arraigo de los procedimientos y prácticas democráticas que caracterizan a la organización en la actualidad. Por ello, pese a la continuidad de siglas y símbolos, los dirigentes y militantes del presente se sienten tan concernidos por los hechos denunciados como el descendiente que descubre un proceder poco edificante en la conducta de alguno de sus antepasados. La existencia de un vínculo consanguíneo, como la militancia política en una misma organización, establece un nexo, pero no obliga a compartir ni a responder por los actos cometidos por otros en circunstancias, como hemos visto, radicalmente distintas. No es descartable que la mayoría de la militancia desconozca los pormenores de los cargos que en el alegato de Quico se formulan o, en el caso de conocerlos, que considere compatible el compromiso político adquirido con no asumir en su integridad la trayectoria de la organización a la que se pertenece.

Del ominoso silencio no cabe extrapolar que exista el propósito deliberado de ocultar, por puro tacticismo político, las tropelías cometidas «para no hacer el juego al enemigo», como sostiene Quico. Cierto es que el PCE hasta ahora no se ha mortificado públicamente con el cilicio de su pasado más incómodo, pero tampoco ha salido a la palestra cada día reclamando que sea saldada la deuda que todos tenemos pendiente con sus inmolados por la dictadura franquista y quienes se sacrificaron en desigual pulso contra ella. Aquellas aguas del olvido no se remueven porque bajaron turbias, pero también por desidia, porque otras prioridades, como la subsistencia de la propia organización, absorben no pocas energías, y porque la amnesia histórica es un rasgo diferencial de nuestro debate político desde la transición democrática. La rehabilitación de Estanillo por el Comité Central del Partido Comunista de Galicia y el insólito gesto de su secretario general, Carlos Portomeñe Pérez, depositando el 2 de septiembre de 2009 un ramo de flores y una bandera republicana ante su tumba en Moalde fue la golondrina solitaria que no hace verano.

Y aun sin escenificar públicamente un acto de contrición que proporcionaría una gratificante satisfacción a los familiares de los represaliados, no se deberían desdeñar las acciones promovidas por el PCE para, sin alharacas, rehabilitar a quienes fueron víctimas de sus prácticas estalinistas. Las dudas que Quico tuvo antaño hoy pueden ser certezas porque la organización comunista ha abierto las puertas de su archivo de forma irrestricta a todo aquel que quiera consultarlo. Desde su legalización en España ha promovido jornadas de estudio, debates y publicaciones, como un libro sobre la guerrilla antifranquista durante los años cuarenta, en los que no se ha vetado ningún contenido, por crítico que fuera con la trayectoria de la organización, siempre que fuera expuesto con fundamento y rigor. Con la misma amplitud de criterio y libertad intelectual, la Fundaciónde Investigaciones Marxistas ha promovido dos congresos sobre la historia del PCE en los que se pudieron analizar sin tapujos ni censuras las prácticas condenadas por Quico. De esta insólita expresión de transparencia, ausencia de censura y capacidad de autocrítica han venido haciendo gala hasta el presente las distintas publicaciones periódicas promovidos por la FIM, cuyas páginas no se han cerrado a quienes han querido transitar por los desagües más recónditos del Partido. Tal vez este proceder no colme los anhelos de los familiares de las víctimas o de quienes, como Quico, fueron protagonistas de aquellos trágicos episodios, pero satisface las expectativas de quienes estamos convencidos de que el conocimiento nos hará más libres.


lunes, 29 de octubre de 2018

Jornada sobre Memoria Histórica en el Campello

Jornada sobre Memoria Histórica en el Campello.

Organizada por la Asociación Guerra y Exilio País Valenciano (AGE-PV). Se celebrará en el salón de actos del Centro Social de El Campello, Av. de l'Estació, 16,  el sábado 10 de noviembre de 2018 a las 10 horas.

Contará con las intervenciones de José Miguel Santacreu Soler y Carlos Salinas Salinas.

Sobrevivir a la represión franquista es la conferencia de José Miguel Santacreu Soler, Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alicante, director de la Cátedra Interuniversitaria de Memoria Democrática de la Comunitat Valenciana en 2017  y director del grupo de investigación España Contemporánea de la Universidad de Alicante.

La represión franquista en El Campello es el tema de Carlos Salinas Salinas, editor del libro Alicante en guerra. La vida en la retaguardia, Catedrático de Instituto e Investigador, nos hablará sobre los represaliados de El Campello, a quien el investigador ha puesto nombres y apellidos.

Andreu Garcia i Ribera, abogado, moderará el acto y, en representación de AGE-PV, expondrá la postura de la Asociación sobre el tratamiento legal de la Memoria Histórica en la actualidad.


domingo, 23 de septiembre de 2018

Entrevista en El Salto Diario

https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/francisco-martinez-el-quico-guerrillero-antifranquista

El Quico: “La juventud está muy preparada, pero ignoran lo que han vivido sus abuelos y abuelas”

El Quico fue guerrillero antifranquista y actualmente se define como guerrillero contra el olvido, pues utiliza su propia memoria para desenterrar la colectiva.

El Quico durante su entrevista a El Salto. KÁNOVAS FOTOGRAFÍA

LIS GAIBAR
@LISGAIBAR
PUBLICADO
2018-09-16 06:58:00

A sus 93 años, Francisco Martínez (El Bierzo, León, 1925) conserva una lucidez y una salud envidiables. Siente que debe hacerlo porque, en caso contrario, no podría recordar ni transmitir lo que vivió. Quico —así le conoce todo el mundo— es uno de los últimos guerrilleros antifranquistas vivos. Formó parte de la guerrilla armada de León-Galicia entre 1947 y 1951, pero se implicó en el movimiento guerrillero mucho antes. Se exilió a Francia en 1951, condenado a muerte por el régimen franquista. Regresó en 1977 y desde entonces lucha por la memoria porque, para él, solo conociendo el pasado y haciéndole justicia se puede construir un futuro digno.
Cautivo durante muchos años, ahora reside en El Campello (Alicante), en un piso donde pueden encontrarse diversas referencias a la República —desde un sutil centro de mesa hasta un cartel sobre el cuadro de contadores— y estanterías repletas de volúmenes, fotografías y distinciones por su lucha por la memoria histórica. No incide en los reconocimientos institucionales, pero señala con orgullo el que reposa sobre la cabecera de la cama, en el que un dibujo imita la famosa fotografía de Capa: “Ésta me la hicieron los chavales de un instituto”, dice con una sonrisa.

Tenías diez años cuando empezaste a colaborar con el movimiento guerrillero, haciendo propaganda para las elecciones del 36. ¿Cómo tuviste claro desde tan niño que tenías que involucrarte en esa causa?

Porque mi madre era una de esas mujeres que se había liberado. Era republicana y muy combatiente. Ella me transmitió esas motivaciones e hizo que me interesara por el empeño con el que luchaba por sus derechos. Nosotros somos de una región minera y, durante la huelga revolucionaria de 1934, que terminó con unos 2.000 muertos y 30.000 prisioneros, mi madre fue activista del movimiento de solidaridad con esas personas. Muchos refugiados de esa represión venían a mi casa. Ese entorno se convirtió para mí en un símbolo al cual yo aspiraba.
Así que en el 36, de cara a las elecciones de febrero, participé con varios vecinos y compañeros en la pega de carteles o en pintadas con la consigna UHP o Uníos Hermanos Proletarios. Aunque fue algo espontáneo, creo que el maestro republicano que teníamos en la escuela había sembrado en nosotros cierto germen de organización.

Mi implicación se reforzó en la primera gran manifestación republicana que hubo en Ponferrada. Los mineros bajaron de los pueblos y se concentraron en el Primero de Mayo. Después de insistir a mi madre, me permitió acudir a la manifestación. Puede que fuera el asistente más joven: no llegaba a los once años. Después de ese día le exigí a mi madre una camisa roja como la que tenía aquella gente. Un día la recibí y decidí que la estrenaría en las fiestas de mi pueblo, Santa Ana, el 26 de julio.

Pero se truncaron los planes.
Las tropas fascistas llegaron seis días antes y mi madre escondió la camisa. Luego hubo que sacarla: durante la guerra no había nada, no se vendían telas. Yo no tenía camisa para ponerme, así que la tiñó de negro. Pero nada más le daba el sol, volvía a su color original... Recuerdo que un vecino del pueblo, siempre que me veía, deparaba en mi espalda y decía: “¡Hay cosas que por mucho que las pintes no se les va lo rojo!” [risas]. Ese 20 de julio se inició el movimiento clandestino de los huidos. Y así se empezó a crear una red vecinal de apoyo en la que participaban mis padres.
La zona en la que viví está llena de fosas comunes. La resistencia —el historiador Secundino Serrano cifra en 200.000 los ocultos en un momento dado— empezó a organizarse y a conseguir armas. En 1942 se crea la federación, que fue un punto de encuentro: había gente de diferentes partidos, pero todos formaban ese frente antifranquista.
Fue una gran organización popular y hubo muchas casas al servicio del grupo guerrillero entre 1944 y 1945. Por eso nunca he entendido muy bien lo de llamarnos “los del monte”, ¡yo nunca he dormido en el monte! Solo era la excusa que daban las personas de las casas cuando llegaba la policía. En aquella época yo todavía no participaba en el combate armado; apoyaba a los guerrilleros realizando tareas que me encomendaban. Y en una de ellas la policía me descubrió.

¿Un chivatazo?
Sí. Yo trabajaba en un laboratorio químico, pero estaba cerca de cumplir los 20 y eso implicaba entrar en el servicio militar. Una ley permitía conmutar el trabajo en la mina por este servicio, así que me fui a trabajar a la mina de un pueblo donde no me conocía nadie. Allí tuve una especie de familia adoptiva, pero uno de sus miembros me denunció cuando intenté conseguir armas para la guerrilla. La familia me avisó y conseguí huir.

¿Fue entonces cuando te condenaron a muerte?
Sí. En el momento en el que te descubrían, te mandaban a tortura o te liquidaban. Y a un guerrillero no se le liquidaba fusilándolo, sino a garrote vil. En 1947, ante la presión internacional por la violación de los derechos humanos, Franco, con el apoyo de algunos países, dicta una ley con la que pasamos de ser republicanos armados a bandoleros.

¿Qué hiciste después de huir?
Mis opciones eran unirme a la guerrilla o arriesgarme a caer en manos de la policía, así que estuve cuatro años en la guerrilla armada. Mataron a casi todos mis compañeros. En 1951, yo y tres guerrilleros más nos exiliamos a Francia con la ayuda de un enlace y conseguimos el reconocimiento de refugiados políticos. Algunos de mis compañeros murieron en el exilio; yo volví para rescatar esta memoria.

Los guerrilleros José Murillo, Francisco Martínez, Jesús de Cos y Gerardo Antón en una fotografía realizada en 2004

Pasar de vivir en el cautiverio a exponer públicamente los motivos que te llevaron a hacerlo...
Es mi deber, mi militancia actual es con la justicia democrática. Con unos valores que fueron adquiridos por la sociedad en un momento que era libre y que resultaron frustrados por la dictadura, la muerte y la represión. Una generación necesita referentes, porque, si no, no tiene historia, y necesita conocerla para situarse. En este sentido, la sociedad española también ha quedado frustrada de aquel pasaje de la dictadura.

Hemos hablado del franquismo. ¿Qué fue la II República?
El inicio de un proceso, un proyecto en el que las personas eran las protagonistas. La mujer empezó a organizarse. Lo mismo sucedió con los trabajadores y con la sociedad en su conjunto. Se introdujo un elemento de cultura en el pueblo que le permitía ser mayor de edad en sociedad. Era un sentimiento generalizado y colectivo.

¿Qué queda de eso? 
Hay movimiento, pero no con la dimensión de entonces. Algunos de esos valores se han perdido porque el individuo a menudo no participa y espera que las instituciones actúen para resolver el problema. Es una manera de no asumir la propia autoliberación, y los pueblos que no asumen su liberación siempre serán sumisos, nadie les va a liberar salvo ellos mismos. Por eso es tan importante la memoria, y más en un momento en el que hay una necesidad apremiante de liberación.
Creo que la II República puede ayudar a entender qué es lo que una sociedad puede promover en pos de su interés. Yo viví el ambiente de camaradería que se creó y que fue el embrión de la organización que hubo más tarde en clandestinidad. Eso me hizo ser humano, simpatizar con la causa y, también, ser comunista más tarde. Porque el comunismo para mí es eso.

¿Crees que el comunismo es eso para los demás? 
No. Mucha gente es víctima de una cultura y de una propaganda... Y quizás también de los errores de quien se anticipa a la historia.

¿Qué quieres decir? 
Que el deseo de una estructura comunista en una sociedad de un momento determinado es anticiparse a los acontecimientos. No está preparada para asumirlo. La gente hereda una cultura y, si no existen referencias o los referentes que existen no tuvieron éxito, no puedes inventártelos. Pero sí puedes profundizar en las virtudes que hubo tras ese fracaso y conocer por qué fue imposible llevarlo a cabo.
Todavía estamos viviendo una época histórica determinada, pero llegará, no tenemos otra alternativa. Quizás dentro de dos o tres siglos, no lo sé. La sociedad puede acelerar o dar forma a ese movimiento. Hay que pelear por la armonía de la sociedad en torno a la existencia de la vida. Si no es un suicidio.

O sea, dices que si no peleamos por un sistema político diferente, nos estamos suicidando. 
Automáticamente. Yo viví el comunismo en la clandestinidad. Era nuestro comunismo, claro, pero creo que si fuera asumido por la sociedad no existirían las contradicciones que existen, ni viviríamos esta situación tan pésima en la que tenemos los recursos pero no están a nuestro servicio. Pero no se puede llevar algo a cabo cuando las fuerzas mayoritarias no están por la labor.

Se está hablando mucho de la memoria histórica. Me consta que criticas la Ley de Zapatero, que tachas de insuficiente… 
[Interrumpe] No es solo insuficiente, ¡es un obstáculo! Es un obstáculo para el pensamiento de liberación, y también para resolver un problema de injusticia que perdura en este país.

¿No es mejor que nada? 
¡No, no! Es peor que nada. ¡Es mejor la nada! La ley no resolvió el problema. No condena el fascismo, que es la base fundamental del delito. No condena ni el sistema ni los crímenes de la humanidad, por lo que los hace válidos, y el sistema fascista no es válido en una sociedad libre porque es la eliminación del contrario por ideología. Es imposible enmarcar eso en un concepto democrático. Con esa ley es imposible avanzar. Muchas viudas tienen todavía a sus muertos en cunetas, ¿dónde está la justicia social de una sociedad libre y democrática? ¿Cómo es posible que cuando los sacan —¡encima a través de empresas, no por el Estado, lo cual es un insulto!— lo hagan como si fueran delincuentes?

En muchas intervenciones pones el foco precisamente en que se deje de considerar a la guerrilla como “bandoleros”. 
Es que en los archivos de juicios sumarísimos, los fusilados siguen siendo delincuentes. Yo sigo siendo un bandolero. Yo estoy vivo y puedo pelear para cambiarlo, pero los muertos no pueden. No es digno de un Estado que se autodenomina democrático tener a muertos en cunetas y bajo la consideración de bandoleros. Por eso la ley de Zapatero es el árbol que no te deja ver el bosque, porque lo fundamental permanece. Y el problema de la memoria histórica no es de izquierdas o de derechas, es de la sociedad. Una sociedad que no conoce su pasado está condenada a repetirlo.
"El problema de la memoria histórica no es de izquierdas o de derechas, es de la sociedad; quien no conoce su pasado está condenado a repetirlo"

Algunas leyes, como la valenciana, hablan de “convivencia”. 
¡Sí, de convivencia y reconciliación! ¡De los muertos con los vivos! No, la reconciliación llega después de la justicia. El fascismo arrasó con todo lo que no le convenía. Es algo que por desgracia sucedió en este país. Pero cuando llega la democracia, lo primero que hay que hacer es reparar eso porque, si no, no se puede decir que todos somos iguales ante la ley. Ya que no se hizo en su momento, reparemos ahora el daño. Hagamos justicia y, a partir de ahí, podremos hablar de convivencia en la sociedad.

Es imposible no mencionar en este El Valle de los Caídos... 
Un monumento que, 80 años después, hace apología de un genocidio —porque hubo un genocidio— es la antítesis de la democracia. Hay que quitar el símbolo a El Valle, no puede ser un lugar para adorar a un dictador después de muerto. Se trata de curar y de reconocer que ha sido algo que ha lesionado a una sociedad y que tiene secuelas culturales, ideológicas, sentimentales… Si no demostramos que este país repudia esos métodos, ¿qué cultura estamos transmitiendo? ¿El odio?

A veces hablas en institutos sobre esto, ¿cómo percibes el compromiso de la juventud con la memoria histórica? 
Es preocupante porque hay gente preparadísima pero que ignora lo que han vivido sus abuelos y abuelas. Saben lo que hicieron los romanos o los griegos, pero no lo que sucedió en la historia reciente, de la que ellos son producto. Sucede porque se ha transmitido la historia del miedo. Y no hablo del miedo al fascismo o al comunismo, no; hablo del miedo a implicarse en sus propios problemas. El poder prefiere que las nuevas generaciones no cuestionen y mantengan la creencia de que “no es importante porque ya pasó”. Las fuerzas políticas y las instituciones han caído también en la apatía, y es un error político que la juventud le dé la espalda al pasado.

¿De qué forma crees que se debería reparar eso?  
Hay cosas que son competencia del Estado: la regulación de los juicios sumarísimos o el hecho de modificar los textos de enseñanza. La II República se trata en la mayoría de libros de texto con mucha ambigüedad o de manera despectiva, aunque se hayan modificado algunas exageraciones franquistas. Si se oculta una parte de la Historia, la juventud no puede hacer comparaciones ni desarrollar su pensamiento.

Quico revisa los recortes de prensa y fotografías del libro 'Espagne, passion française. Guerres, exils, solidarités 1936-1945'. EL SALTO PAÍS VALENCIÀ

Asociacionismo de las ‘kellys’, pensionistas manifestándose, el movimiento feminista… ¿Es parte de esa 'autoliberación'? 
Es el germen de la conciencia colectiva. Cuando ya no es un destacamento mínimo, sino que se produce a nivel colectivo, algo está prendiendo. No todo el mundo que se manifiesta es plenamente consciente del movimiento, pero ha comprendido lo esencial y está en él. Es el inicio para ser más fuerte que el poder. Y definitivamente las mujeres están siendo el factor más importante de nuestro momento.

¿Por qué? 
Por la propia conciencia colectiva del machismo imperante. En la mayoría de los congresos a los que voy, los historiadores ignoran a las mujeres guerrilleras. Mi madre, mis hermanas, mis vecinas del pueblo, ¿no cuentan? Miles y miles de mujeres estaban implicadas en el movimiento guerrillero. Muchas fueron asesinadas o se les aplicó la ley de fuga, pero la historia la escriben los hombres.
Ahora ellas han roto con ese mito de que la mujer debe someterse, con ese patriarcado que está tan arraigado a una concepción involucionista. Eso es revolucionario, de hecho es el factor más revolucionario que tenemos en España. Todas las personas hemos empleado el machismo por cultura, porque estamos condicionados por el medio en el que vivimos y en el que hemos vivido. Es un proceso, pero es un proceso necesario.

“Siempre he rechazado mirar al pasado con nostalgia”. Es una cita de tu libro Guerrillero contra Franco, guerrillero contra el olvido. ¿Con qué actitud se debe mirar al pasado? 
Buscando la verdad. Ni más ni menos. Lo negativo y lo positivo. Siendo capaz de sacar experiencia de tu trayectoria social, tanto la personal como la colectiva. Sabiendo qué no hemos sido capaces de superar y cómo podemos hacerlo. En un mundo en movimiento, cada persona debe saber cómo y dónde situarse para cumplir su papel transformador como parte de la Historia. Y para asumir tu responsabilidad en el presente, debes conocer el pasado. Porque si no asumes este rol activo en la vida, ¿para qué formas parte de ella?

https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/francisco-martinez-el-quico-guerrillero-antifranquista


sábado, 1 de septiembre de 2018

Manifiesto de la Federación de Asociaciones de MH de la Región de Murcia sobre las últimas declaraciones del Presidente del Gobierno

ANTE LAS DECARACIONES DEL PRESIDENTE DE GOBIERNO REALIZADAS EL PASADO DÍA 28 EN BOLIVIA ACERCA DE LA COMISIÓN DE LA VERDAD Y LA RECONVERSIÓN DEL VALLE DE CUELGAMUROS

COMUNICADO PÚBLICO SOBRE LAS DECLARACIONES DEL PRESIDENTE DE GOBIERNO EL PASADO DIA 28 EN BOLIVIA

En relación con las declaraciones del Presidente de Gobierno realizadas el pasado día 28 en Bolivia, anunciando la creación de una Comisión de la Verdad y renunciando a la interpretación del significado del Valle de los caídos, la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia, hace público el siguiente comunicado:

COMISIÓN DE LA VERDAD

La Comisión de la Verdad es una figura que, bajo diferentes advocaciones, se creó en Argentina, Guatemala, Uruguay, República Sudafricana, Chile, Perú, Bolivia y Colombia,  durante la década que siguió al dominio de dictaduras, casi siempre de naturaleza militar, que en muchos casos tuvieron carácter de guerra civil encubierta.

Sus actuaciones no tuvieron carácter judicial ni de vinculación obligatoria para los diferentes gobiernos, pero significaron un paso adelante en el esclarecimiento de  crímenes contra la humanidad y otros delitos anexos, perpetrados bajo el liderazgo o la tolerancia expresa gubernamental.

Las resoluciones adoptadas por dichas comisiones sirvieron en aquellos momentos iniciales de recuperación democrática en estos países, para sensibilizar a la sociedad y exigir a las autoridades competentes la apertura de una vía judicial para el conocimiento de la Verdad, la aplicación de la Justicia y el establecimiento de la Reparación.

Fue en tiempo posterior a las conclusiones de dichas Comisiones, en que la justicia de estos países comenzó a aplicar la legislación penal, vigente, o reformada en términos democráticos, que han llevado -en la mayoría de estos países- a los responsables de estos crímenes a la cárcel, o en caso de fallecimiento, a su determinación como imputados, aunque eximidos de responsabilidad penal por fallecimiento. Es decir, los responsables, inductores, cómplices, encubridores y autores de estos crímenes, han respondido de sus crímenes ante la ley.

La Comisión de la Verdad a que se refiere el presidente de Gobierno Pedro Sánchez,  hubiera tenido sentido en España en los primeros años de la transición, o como más tardar a partir de 1982, en que su partido comenzó a gobernar en España por mayoría absoluta. Y no lo hizo.

La Verdad sobre los crímenes franquistas ya se conoce sin que sea necesario reunir ninguna Comisión. Son cientos, quizás miles, los trabajos publicados con absoluto rigor científico, dando pelos y señales de buena parte de los crímenes franquistas, señalando en muchos de ellos los nombres de las víctimas y apuntando en otros la autoría de los mismos.

Así mismo en el juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, se encuentra la relación de 131.000 republicanos, asesinados de diferentes formas por el franquismo.

Conocida la Verdad (judicial), procede la Justicia (judicial)  que lleve al tiempo del conocimiento de los hechos, el señalamiento de las responsabilidades, la imputación de los implicados y la aplicación de la legislación penal correspondiente, así como la resolución o sentencia que proceda.

Por último la Reparación (judicial) de las consecuencias de estos crímenes, es una acción de competencia exclusiva de los tribunales, y que en modo alguno puede determinar una Comisión de la Verdad.

Vemos así cómo la apertura de una Comisión de la Verdad,  después de casi ocho décadas de los hechos, y de haber dejado transcurrir más de 40 años desde el advenimiento de la democracia, no solo es absolutamente innecesaria, si no que no aportaría novedad alguna el esclarecimiento de hechos, que están ya suficientemente estudiados y que tampoco serviría para investigar -fuera del ámbito judicial- los casos sin resolver.

Este anuncio del Presidente de  Gobierno no tiene otra pretensión que ser un placebo reparador,  para intentar contentar a las víctimas del franquismo, a los entornos memorialistas, y al sector más sensibilizado y revindicativo de la izquierda española, incluida la del PSOE.

Si de verdad Pedro Sánchez  quiere liderar la búsqueda de la Verdad, la Justicia y la Reparación para ventilar los crímenes franquistas, solo tiene que presentar en el Parlamento una proposición de ley para anular la Ley de Amnistía de 1977, e instar al Poder Judicial  a través de la Fiscalía General del Estado, a aplicar los principios del Derecho Internacional en materia de Derechos Humanos, de obligado cumplimiento para el  Estado Español, en virtud del artículo 96.1 de la Constitución y del artículo 607. Bis del vigente Código Penal, que establece las penas para delitos calificados como crímenes de lesa humanidad.

La Comisión de la Verdad solo tiene sentido cuando se acaba de salir de un conflicto civil, se ha derrocado una dictadura, existen leyes de Punto Final, y todavía no se ha abierto ningún trabajo de esclarecimiento de los hechos delictivos ocurridos.

En la práctica, ninguna de las Comisiones de la verdad ha servido para otra cosa que para aportar datos a la sociedad y la Justicia, que en el caso de España son sobradamente conocidos, jurídicamente contrastables, y judicialmente resolubles.

REINTERPRETACIÓN DEL VALLE DE LOS CAÍDOS

Afirma el Presidente de Gobierno que se renuncia a reinterpretar el significado del Valle de los Caídos, por considerar imposible convertirlo en lugar de reconciliación.

A finales del pasado año el grupo socialista presentó en el Parlamento una proposición de ley de reforma de la Memoria Histórica que sí contemplaba la reconfiguración pedagógica del Valle de los Caídos, para convertirlo en un Memorial de las víctimas del franquismo, tras la retirada de los restos de Franco, una medida que recogía las incesantes peticiones de las asociaciones de Memoria Histórica de toda España, como asimismo las conclusiones de la Comisión Gubernamental que que ya se pronunció anteriormente en el mismo sentido.

Esta Federación no comprende este inesperado giro en los planes del gobierno que pretende reducir el Valle de los Caídos a la consideración de cementerio civil, con el subsiguiente mantenimiento del actual status del complejo. Es decir, que a efectos de interpretación histórica y pedagógica, el Valle de los Caídos, continuaría representando un símbolo de la victoria y de la represión franquista, manteniéndose como un lugar de referencia para para el peregrinaje de personas, grupos u organizaciones de naturaleza totalitaria.

Consecuente con lo anterior, instamos al gobierno socialista a adoptar las siguientes medidas:

Anular la Ley de Amnistía de 1977 aplicando la legislación internacional y nacional vigente en materia de derechos humanos y contra la impunidad.

La reorientación pedagógica del Valle de los Caídos bajo la forma de un Memorial a las Víctimas del Franquismo, el desalojo fuera del recinto de los restos de Franco y de José Antonio, así como la desacralización del recinto, convirtiendo la cripta en dónde se encuentran los restos de 35.000 personas fallecidas durante la contienda, como un cementerio civil, con la  posibilidad de que las familias puedan recuperar los restos, cuando técnicamente sea posible.

Murcia, 30 de agosto 2018.

Rogamos máxima difusión,
Un afectuoso saludo

El Taller de la Memoria - Santomera

jueves, 19 de julio de 2018

El exguerrillero Quico pide una reparación moral para los represaliados por Franco

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/exguerrillero-quico-pide-reparacion-moral-represaliados-franco_1260246.html

La Asociación La Peñina inaugura una placa conmemorativa, hoy en Villasumil.

Francisco Martínez ‘Quico’, ayer en Ponferrada. ANA F. BARREDO -

30/06/2018

DL | PONFERRADA

«Yo sigo siendo un bandolero en los archivos de la Policía, y la gente tiene que saber que luchaba por la democracia». Son las palabras que ayer pronunciaba el antiguo guerrillero antifranquista berciano Francisco Martínez Quico para reclamar una reparación moral para quienes lucharon contra la dictadura y no sólo la eliminación o la reconversión de sus símbolos, como el Valle de los Caídos.

Quico participó en la Casa de la Cultura de Ponferrada en el primero de los coloquios organizados por la Asociación La Peñina —por la tarde repitió en Fabero— para recuperar la memoria de quienes combatieron al dictador en el monte y hoy estará las 11.30 horas en la la inauguración de una placa en Villasumil en recuerdo de los represaliados.

El antiguo combatiente comenzó a los 11 años como enlace de los primeros guerrilleros que se echaron al monte en 1936 y desde 1947 tuvo que huir también y compartir partida con el mítico Girón hasta su muerte en 1951. Del llamado León de la Cabrera, tuvo ayer palabras de elogio. «Fue el supremo compañero en todos los aspectos», afirmó.

Nonagenario y residente en Alicante, Francisco Martínez Quico insistió ayer en que «la democracia no ha reconocido» a los represaliados por Franco, enterrados en cunetas o marcados por procedimientos judiciales y juicios sumarios.

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/exguerrillero-quico-pide-reparacion-moral-represaliados-franco_1260246.html